lunes, 25 de mayo de 2015

Con arena en los ojos

"Cuando llegaron al lugar señalado por Dios, Abraham construyó un altar, y sobre él preparó la leña para el fuego; luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar." Génesis 22:9
El pastor Dante Gebel escribió un libro hermoso llamado "Las Arenas del Alma".  En él narra la historia de Abraham cuando iba camino a sacrificar a su hijo Isaac, pero desde una perspectiva un poco más humana. Muy acertadamente nos muestra el desierto emocional que debió haber vivido el padre de la fe durante los tres días que viajó rumbo a entregar a su hijo en un altar. Lo más interesante de todo fue como este predicador argentino pinta el cuadro de padre e hijo adorando en el montículo de piedra antes de ofrecer el sacrificio. Por supuesto que la biblia no dice explícitamente que eso haya sucedido, pero bien es sabido que los altares representaron siempre un lugar de adoración.

Si bien es cierto que los que amamos y seguimos a Jesús sabemos que la adoración es una de las armas más poderosas que existen en el mundo espiritual, también es cierto que poner esto en práctica en momentos de dolor y sufrimiento es de las tareas más duras y difíciles que hay. No es fácil alzar las manos al cielo con los ojos llenos de arena.... O al menos eso fue lo que siempre pensé.

Mi error fue que equivocadamente tenía la idea de que adorar en tiempos de prueba implicaba dejar de lado el dolor, la preocupación, la enfermedad, y sonreir delante del Padre como si nada estuviera pasando, y que de esa forma Él vería lo grande que era mi fe y cómo mi confianza estaba puesta completamente en Él, cuando más bien estaba demostrando totalmente lo contrario. Y es que para nosotros es tan tentador querer agradar a Dios con nuestras obras, intentando que nos ame más cuando vea nuestros sacrificios. Pero olvidamos muy fácilmente que es por Su gracia.

¿Qué sucede? Que nuestro Padre conoce cada una de las circunstancias que vivimos, sabe exactamente cómo nos sentimos y cuánto nos duele y no necesita que le pongamos una máscara a nuestras emociones para saber que confiamos en Él. ¿Sabes qué es lo más maravilloso de su amor? ¡Que Él nos amó primero! Lo cual implica que no tuvimos que maquillarnos, aplancharnos el pelo ni comprarnos un vestido carísimo para agradarlo y que así nos amara más. Él nos amó tal y como nosotros eramos. ¿Esto qué quiere decir? Que cuando venimos delante de su presencia no necesitamos hacer todas esas cosas, ni antes, ni ahora, ni nunca... No necesitamos decirle "Papá, aquí estoy pretendiendo que todo está bien, con gozo falso en mi corazón y con una sonrisa fingida, para demostrarte que tengo fe". Esto no muestra fe en absoluto, esto expone nuestra necesidad de obtener con obras lo que ya Él nos dio por gracia: Su amor!

Hace unos meses atrás estuve viviendo una situación personal muy difícil. Me encontraba en profundo dolor y sufrimiento. Precisamente ese día fue el inicio del curso de Formación para ministros de Danza y Artes impartido por el equipo de CreArtes. Pueden imaginar el nudo que llevaba en mi corazón cuando iba en el carro con miles de cosas en mi mente. Al llegar solo le dije a Jesús: "te necesito más que nunca", y el día transcurrió normalmente. Sin embargo, a media clase tuvimos un momento de adoración precioso, y con muchísimo dolor en mi corazón levanté mis manos, con los ojos llenos de lágrimas pero sabiendo que Él me escuchaba... Y de lo más profundo de mi ser, adoré.

Ese día recibí la visitación del Espíritu Santo más poderosa que he vivido jamás. Las promesas que me dio ese día, la forma como cambió mi llanto en gozo... literalmente no podía dejar de reír. No tuve que pretender nada, no tuve que fingir nada, solamente me deshice en alabanzas mientras sufría en mi corazón. Y ahí fue cuando descubrí esta gran verdad: NO DEPENDE DE MÍ... No hay nada que yo pueda hacer para cambiar mi tristeza en alegría, no hay nada que yo pueda hacer para enjugar mis lágrimas. Es mi Jesús quien cambia mi lamento en danza (Salmos 30:11) y quien seca mi llanto (Apocalipsis 21:4). Comprendí entonces que adorar en medio de la prueba es decir "Me duele, estoy sufriendo, pero sigo amándote más que a nada en el mundo".

No querramos venirle a Dios con falsas humildades, con corazones aparentemente quebrantados... Eso no lo impresiona. Es más dificil pretender que todo está bien! Si venir a acurrucarnos en los brazos de nuestro Padre es un millón de veces más facil, y ¡wow, un millón de veces más hermoso!

Yo te invito a que seas real delante de tu Padre, a que te despojes de los vestidos caros, que abras tu corazón sin mucha palabrería religiosa y versículos aprendidos de memoria pero que no están sellados con fuego dentro de tu ser. Ven delante de un Padre amoroso y amalo aunque te estés desmoronando. Que en ese momento es cuando te darás cuenta que siempre ha estado en control, y que sus brazos fuertes te levantan por encima de cualquier circunstancia. Te reto a ser el "niño chineado de Papá" y vas a ver que una vez que lo pruebas... no vas a querer dejarlo.

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