viernes, 26 de junio de 2015

Hazlo por amor

"Le contestó Jesús:—El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él."  Juan 14:23
Tengo un hermoso niño de tres años que todos los días reta profundamente mi paciencia y me hace cuestionar si tan siquiera tengo la capacidad de ser mamá. Él me obliga a dar lo mejor de mí y a crecer emocional y espiritualmente.... o crezco junto con él o me quedo botada. Y me impresiona la forma en la cual Dios utiliza su desarrollo para enseñarme sobre su amor y sus propósitos. Son incontables las veces en las que me veo discutiendo con él tratando de que haga algo que yo sé que necesita hacer pero él simplemente no lo ve, no lo entiende o no quiere hacerlo. Muchas de esas veces no me queda otra opción que dejarlo seguir sus propios caminos para que comprenda las consecuencias de la desobediencia y se de cuenta que mamita sabe por qué hace las cosas (creo que ya vas agarrándole el hilo a esto, ¿no?).

Estoy segura que Dios te ha hecho el mismo llamado una y otra vez y has tratado de evadirlo, de entenderlo o de acomodarlo a tu conveniencia. ¡Lo sé!, yo lo he hecho muchísimas veces. Cuando los sueños de Dios no calzan con las piezas de nuestro rompecabezas, intentamos recortarlos o reemplazarlos por algunos que, según nuestra propia prudencia, se adaptan mejor y más rápido. Lo que sucede es que no podemos ver más allá de nuestros ojos naturales, de nuestra pequeña y humana mente limitada. Y decimos "pero Dios, ¿por qué no puedo meter los dedos en el enchufe? ¡Se ve muy divertido!"

Pues resulta que la obediencia no es una cuestión de entendimiento, no es una cuestión de razonar, conversar, llegar a un acuerdo y luego obedecer. La obediencia es una cuestión de amor. Es simple: si amo, hago. El amor es el que debe movernos a decir "heme aquí, envíame a mí" porque al igual que los valientes de David, ¡estamos dispuestos a hacer cualquier cosa para llevarle a nuestro Señor el agua que tanto anhela! El amor hacia Jesús es el motor que nos impulsa a accionar, a hablar, a dar, a servir.

Piensa en tu ministerio por un instante.  Piensa en todas las puertas que se te han abierto y has pasado de lado. Piensa en todas las oportunidades en las que el Señor te ha dicho "sírveme, habla, abraza, perdona, humíllate, inclínate, entrega... predica..." y has seguido con tu vida como si nada hubiera pasado. ¿De qué sirve entonces lo que haces? Si me dices: "yo obedezco en algunas cosas, pero otras me cuestan mucho". Ok, entonces las cosas que obedeces, ¿porqué las haces? ¿Porque son más fáciles? ¿Porque te gustan? Es muy sencillo obedecer ante algo que nos agrada. Pero ¿qué tan obediente crees que eres cuando tu nivel de compromiso es directamente proporcional a tu nivel de satisfacción? "Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga."

Es el amor mi querido lector lo que debe movernos a dejar todo lo que pensamos que es real y correcto, tomar nuestra cruz y seguirlo a donde Él vaya.  Si le sirves en un ministerio, pon ese talento en sus manos y deja que Él lo use para su voluntad. No encierres tus habilidades en tus propios conceptos de servicio. El que sirve de verdad y de corazón no limita a Dios. "Heme aquí, he aquí mi talento, he aquí mi instrumento, he aquí mis recursos, he aquí mi tiempo..." Tal vez el plan de Dios no fue nunca que tocaras en un púlpito, sino que lo hicieras en un bus o en la calle. Tal vez mientras otros hacen conciertos y miles son bendecidos a través de su música, Dios te tiene tocando guitarra en un albergue para adultos mayores.  No se trata de lo que podemos darle a Dios con lo que tenemos, se trata de darle a Él lo que tenemos para que veamos lo que Él puede hacer con eso.

Mi intención es que puedas experimentar la plenitud de la voluntad de Dios, que entiendas que no hay nada mejor en este mundo que agradar a nuestro Padre y que no hay mejor forma de amar a nuestro Salvador que viviendo para Él. ¡Ama, perdona, y predica!

No hay comentarios:

Publicar un comentario